5 octubre 2021

Entrevista a Emilio Gil Moya

Entrevista a Emilio Gil Moya

Emilio Gil Moya es una figura de gran prestigio en el sector primario desde su actividad principal como profesor universitario. Es Catedrático del Departamento de Ingeniería Agroalimentaria y Biotecnología de la Universitat Politècnica de Catalunya. Forma parte del Departamento de Ingeniería Agroalimentaria y Biotecnología de la UPC, donde dirige la Unidad de Mecanización Agraria, es profesor de la Escuela de Ingeniería Agroalimentaria y de Biosistemas de Barcelona (EEABB), así como del programa de doctorado en agricultura y ciencias forestales de la Universidad de Turín, en Italia. A este importante currículo une sus no menos destacadas facetas como investigador, divulgador y asesor de distintos gobiernos en materia de agricultura, entre otros altos cometidos. En esta entrevista aborda la actualidad y el futuro del sector.

 

Desde su vasta experiencia en materia docente, asesoría a gestores políticos e investigación, ¿qué diagnóstico, a día de hoy, hace del estado de nuestra agricultura?

La agricultura ha cambiado mucho en los últimos tiempos. El sector ha experimentado importantes cambios, igual que cualquier otra actividad. La llegada de la tecnología, la intensificación, las guerras de precios, etc. han provocado que la agricultura actual no tenga nada que ver con la agricultura de hace algunas décadas. Creo que es un sector absolutamente imprescindible, como se ha demostrado recientemente, y creo también que necesita una reforma profunda y una mayor consideración por parte de todos.

La actualidad de todos los campos de la economía está capitalizada por las ayudas procedentes del mecanismo Next Generation EU que se esperan como el maná llegado del cielo. ¿Considera que pueden marcar un antes y un después para el sector agrícola?

Creo que no. Como bien se describe en su definición, se trata de un instrumento temporal para ayuda a salir de esta crisis que ha provocado el COVID. En mi opinión el cambio que necesita en sector agrario no debería depender de una subvención económica, aunque evidentemente si que ayuda. El cambio se debe fundamentar en igualar el nivel formativo y la profesionalidad del sector, en conseguir un elevado nivel de adopción de las nuevas tecnologías, en garantizar unos precios razonables de los productos. Y, sobre todo, en evitar especulaciones intermedias que hunden progresivamente la primera parte de la cadena de producción de alimentos.

El montante previsto por el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia (que se nutre de las ayudas de la UE) para modernizar y digitalizar el sistema agroalimentario y pesquero alcanza los 1051 millones de € (al margen de otras convocatorias transversales). Algunos de los retos que señala para el sector agrícola son la digitalización, la eficiencia energética y lograr un mejor uso de los recursos, especialmente de los hídricos. En este contexto, ¿cree que son justas con la importancia del sector agroalimentario en la economía española?

No sé si las cuantías son justas o no. Son las que son. Lo que si sé es que se ha tratado de ser justo y objetivo a la hora de establecer los criterios para su distribución. No se trata de subvencionar inversiones “per se”. Se trata de ayudar a profesionales con ideas y con objetivos concretos que persigan beneficios de cualquier tipo (tecnológico, medioambientales, económicos, sostenibles) y que se apoyen para su consecución en las tecnologías disponibles. Ello permitirá, además, demostrar que el uso de las nuevas tectologías es algo que está al alcance de todos los agricultores y ganaderos, que no es algo únicamente reservado para los grandes productores.

A su juicio, ¿qué aspectos del trabajo en el campo se debería conseguir modificar profundamente con los fondos esperados? ¿Bastará con la digitalización y la sostenibilidad como grandes ejes vertebradores o echa en falta otros modelos de cambio?

La digitalización “sensu stricto” no significa nada. Lo que pretende el plan es incrementar la adopción, el uso de las tecnologías disponibles para la consecución de objetivos concretos. Y estos pueden ser la reducción del uso de insumos, ligado con la estratégica de la granja a la mesa, la mejora de la sostenibilidad de las explotaciones, la reducción de los costes de producción, o cualquier otro. Lo que hay que modificar es el nivel formativo de los agricultores, mejorar su capacidad para extraer la máxima rentabilidad a las tecnologías disponibles.

¿Cree que el éxito o fracaso de esta financiación extraordinaria va a estar marcado, en gran parte, por si consigue llegar con eficacia o no a pequeñas empresas y autónomos?

Ese debería ser el objetivo principal. Hacerlo y diseñarlo de forma que las posibilidades de las pequeñas empresas sean iguales a las de los grandes productores. La adopción de las nuevas tecnologías, la denominada agricultura de precisión, por parte de las pequeñas y medianas explotaciones, las PYMEs del sector agrario, es uno de los objetivos de la Comisión Europea y de muchos proyectos que se están llevando a cabo. Un ejemplo es el proyecto europeo INNOSETA que coordino (www.innoseta.eu ) en el que hemos desarrollado una plataforma a disposición de todos los agricultores, que contiene información y ayudas imprescindibles para la implementación de la agricultura de precisión y las nuevas tecnologías en todos los sectores de la agricultura europea.

¿Considera la agricultura de precisión una respuesta eficaz y factible para el campo español?

Decir otra cosa sería ir contra corriente. Pero no hay que confundir agricultura de precisión con llenar los equipos de sensores, ordenadores y cámaras. Se puede hacer agricultura de precisión simplemente seleccionando correctamente las boquillas para un tratamiento fitosanitario, consultando aplicaciones gratuitas como DOSAVIÑA en el teléfono móvil, para determinar la cantidad adecuada de producto fitosanitario, o realizar una aplicación de fertilizante razonada interpretando correctamente las imágenes que obtenemos de los satélites. La agricultura española debe ir, evidentemente, en ese sentido. Pero insisto. Para ello un factor clave es garantizar una adecuada formación y una profesionalización de los agentes principales, los agricultores. Y aquí lo que creo que hace falta es acciones que atraigan a los jóvenes al sector. El uso de las nuevas tecnologías es algo mucho más simple y habitual para las nuevas generaciones.

Con la autoridad que le confiere su trayectoria profesional y la pertenencia al jurado de novedades técnicas de la Feria Internacional de Maquinaria Agrícola, FIMA, ¿cuál es la realidad de la investigación nacional aplicada al campo y el futuro de la especialidad?

Si, tengo el honor de presidir ese grupo de expertos que componen el jurado de novedades técnicas de FIMA en sustitución de mi admirado y querido profesor Luis Márquez quien lamentablemente, nos ha dejado recientemente y a quien desde aquí quiero agradecer por todo lo que ha hecho por este sector en general y por todo lo que a mi, en lo personal, me ha ayudado y me ha enseñado.

Por lo que respecta a la investigación y a la inversión en investigación aplicada en España, mi opinión personal tras más de treinta años en la universidad, es que es muy mejorable. Los que nos dedicamos a investigar en este sector sabemos que no podemos competir con investigadores de otros sectores, ni en consideración ni en financiación. Estas acciones no están bien valoradas y, consecuentemente, no hay fondos suficientes para su financiación. Por otra parte, y en cuanto al futuro, la última parte de la pregunta, está garantizado. Y lo está fundamentalmente porque todos los que nos dedicamos a esto lo hacemos con entusiasmo y con ilusión. Y eso es algo que ni la escasez de reconocimiento, ni las trabas burocráticas pueden frenar.

Dentro de su experiencia docente se incluye su paso por la prestigiosa universidad de Cornell. ¿Cree que el modelo estadounidense es exportable a la realidad española?

Como todas las cosas en esta vida, el modelo universitario americano tiene aspectos buenos y malos. En lo negativo me gustaría resaltar el exceso de competitividad entre iguales y el hecho de que el acceso a la universidad sea algo reservado para unos pocos. Afortunadamente eso no ocurre en Europa y mucho menos en España. Pero, por otra parte, me gustaría destacar algunos aspectos positivos como son un muy reducido entramado burocrático (aquí en España somos líderes), un mayor peso y consideración de la investigación aplicada y las relaciones universidad-empresa, y una conexión mucho mayor de la universidad con la sociedad.